Cuerpos en tránsito

Después, siempre después.

Cuerpos en tránsito

“Cuando esté más flaca voy a usar esa ropa”

“Cuando esté más marcada subo una foto así”

“Cuando termine la dieta lo pruebo”

“Cuando llegue a ese peso lo hago, ahora no”

Ahora no, después, siempre después.

Habitamos cuerpos de tránsito donde el ideal se convierte en una meta que continuamente se aleja y nuestra cotidianidad se siente como un estado de tránsito continuo. Como si el único cuerpo que realmente pudiese habitarse, es el que no tenemos, porque el que tenemos debería ser otro.

De repente vivimos toda la vida en un cuerpo que creemos que no nos pertenece, que no es el que queremos, el que anhelamos, y como consecuencia vivimos para después, para cuando encajemos en lo irrealizable del ideal. Y finalmente, nada puede ser disfrutado, vivido, sentido, realizado porque siempre falta algo y ese algo nunca llega.

Dietas, restricciones, cambios drásticos y recetas mágicas se enlazan a la culpa, la frustración, la angustia e incluso el odio. Porque una termina por odiar su cuerpo, por sentirlo ajeno, distante, una cárcel.

Ese es un cuerpo de tránsito, el que tengo provisoriamente, como una casa de vacaciones, como un trabajo que no me gusta, como un vínculo que sé que se va a terminar. El cuerpo se convierte en una otredad que ahoga. Y la imagen que devuelve el espejo es confusa y dolorosa, entonces viene el maltrato, la necesidad de una transformación inmediata, las ganas de salir corriendo del cuerpo, de entregar el alma en pos de una alternativa que a lo lejos parece no sólo más hegemónica si no una garantía. 

Somos capaces de hipotecar la calma, el disfrute, el deseo, lo que nos gusta, momentos, ideas, cosas, con tal de tener la garantía de que en algún momento va a llegar. Algún día vamos a tener ese cuerpo, y el combo que creemos que compramos con éste: la felicidad. 

Pero una termina por hipotecar tantas cosas que, incluso si ese cuerpo se materializara, en lugar de venir con la felicidad de la mano, llega a costa de ésta. Porque nunca va a ser suficiente, nunca va a ser ideal. Atravesamos los días, los meses, los años, sin poder habitar nuestro cuerpo, y por lo tanto habitando continuamente la insatisfacción. Porque parece que no se puede estar bien si no encajas en lo que se supone que hay que encajar: un número, una foto, un talle, un ideal.

Lo paradójico es que el costo de intentar encajar, termina por hacer que -incluso si logras ciertos parámetros- siempre te deja por fuera de otros. La restricción, la culpa y la angustia reinician ciclos de insatisfacción. Y cuando se ajusta un número más cerca de lo que anhelamos, de repente nos damos cuenta que nos restringimos de otras cosas: una salida, un momento, unas vacaciones, algo que teníamos muchas ganas de vivir, de sentir, de hacer. Otra cosa que quedó para después, y la única constante es la frustración que genera una sensación de transitoriedad que no termina nunca.

Pero el principio quizá tenga que ver con comenzar a habitar nuestro cuerpo, hoy. Ponerle play al cuerpo, y empezar a vivirlo, a alojarlo, a conocerlo, sin censurarlo sin retringirlo; darle lugar a las sensaciones, tomar consciencia de lo que nos permite hacer, sentir, vivir, reconocerlo y darle entidad, poblarlo de experiencias, anidarlo con momentos, ocuparlo de deseo, colmarlo de presencia. 

Habitar el cuerpo. Sin garantías, sin promesas e ideales inalcanzables, ni en el pasado ni en el futuro, habitar el cuerpo hoy.

Vivir en el cuerpo, vivir con el cuerpo, que el cuerpo viva. Habitar el cuerpo.


Ana R. 


Comentarios (2)
Unirse a la conversación
Escribe tu comentario…
Aún no hay comentarios en este artículo
Te puede interesar
Accede con tu cuenta de Psico Ana Rocha
¿Ya tenes cuenta?
Iniciar sesión
Cerrar X