Incluso los vínculos más fuertes y profundos se pueden romper, pero existe un fenómeno muy particular que me parece interesante compartir hoy acá. A menudo, cuando una relación del tipo que sea -amistad, pareja, familia, laboral, etc- se empieza resquebrajar, ya han ocurrido muchas cosas que quizá no pudimos ver o interpretar, o simplemente dejamos pasar porque parecían insignificantes.
Y de repente un día, la sumatoria de insignificancias se vuelve contundentemente una catástrofe, y nos colapsa el vínculo en medio de la cara y nos cuesta entender que semejante derrumbe inició con apenas una brecha. Pero es que la mayoría de los colapsos son progresivos e inician silenciosamente con cosas muy pequeñas pero que van tomando cada vez más profundidad y presencia.
Esto es como cuando empieza a gotear la canilla, y luego gotea un poco más, y luego pierde un poco de agua por la base, y luego necesito sí o sí poner un trapo, y después un balde, y un día fui a abrir la canilla y se salió completa, y empezó a salir agua a chorros inconmensurablemente, y no sé dónde está la llave de paso, y pienso pero si hasta ayer andaba, por qué se rompió, por qué hoy, y de repente -o no tanto- la casa se inundó.
No prestar atención a esas primeras gotas, porque no molestan tanto, pueden terminar en una casa inundada. Eso llevado a lo vincular, implica dejar pasar pequeñas cosas que duelen o dañan, porque no son tan graves, porque quizá es hacer un mundo de algo pequeño, porque no amerita tanta atención. Pero silenciosamente empieza a abrirse una brecha bajo nuestros pies, que lenta y progresivamente crece, y para cuando queremos buscar una solución, para cuando le queremos poner palabra, ya no es tan sencillo como hubiese sido reparar esa pequeña brecha del comienzo.
En muchas circunstancias el derrumbe es inminente, porque ya todas las bases y condiciones se rompieron y resquebrajaron, y casi que es necesario demoler el vínculo porque se volvió inhabitable, incómodo, peligroso incluso. Y ahí es donde podemos sopesar que este vínculo se rompió hace mucho, pero ¿y yo dónde estaba? ¿por qué no lo vi venir?
Hay un instante inicial que se vuelve vital, y que tiene que ver con no dejar pasar aquellas pequeñas brechas que se van formando, inherentes a todo vínculo, pero que necesitan ser vistas, necesitan espacio. Y que quizá pueden ser reparadas, cuidadas, atendidas a tiempo, y evitar que se propaguen por el vínculo haciendo estragos. Esto no es garantía de durabilidad, y quizá el vínculo igualmente termine por romperse, pero tal vez evitamos un doloroso derrumbe, y podemos retirarnos a tiempo antes de ser enterrados por el rencor o la angustia.
No se trata de que no haya brechas, porque no es más sano el vínculo que menos conflictos tiene, si no aquel que tiene una mejor gestión de la conflictiva. Tampoco sé bien de lo que se trata, hay algo de los vínculos que se vuelve nebuloso y abstracto cuando una quiere intentar darle demasiada claridad.
Pero sí sé, que si hay algo que está empezando a ser apenas incómodo, o doloroso, o ridículo de lo lentamente insatisfactorio, quizá por lo menos amerita una pregunta, una mirada, una palabra, para no amanecer con el chorro de agua helada en la cara, y un por qué pasó esto en la boca, entretanto las manos desesperadas intentar reparar la catástrofe cuando tan solo te querías preparar un mate un sábado a la mañana.
Ana.