La crisis vocacional es un fenómeno muy ligado a la época. Vivimos en un mundo en el que parece que todo es posible, y depende solo de uno mismo conseguirlo, y como si fuera poco, esas posibilidades se multiplican exponencialmente minuto a minuto.
Solemos vincular la vocación con la profesión, y eso puede terminar por generarnos una gran frustración -me salió con rima-. Si bien es cierto que el trabajo ocupa gran parte de nuestra vida, el sentido no siempre viene de aquello a lo que nos dedicamos laboralmente. También es cierto, que si podemos encontrar sentido en aquello que hacemos diariamente y dedicamos tanto tiempo -como el trabajo-, todo se vuelve un poco más liviano.
Cuando hablo de la crisis vocacional no me refiero sólo a un momento de la vida específico: terminar el colegio secundario y elegir -en el caso de que se pueda- una carrera o un oficio que nos guste. La crisis vocacional va más allá de la edad, si no que tiene que ver con un contexto que nos propone numerosas posibilidades: cursos de todo tipo, viajes y experiencias culturales, intercambios, trabajos remotos, formaciones a distancia, especializaciones de las especializaciones, redes sociales como medio para generar dinero y ventas, trabajo independiente, emprendimientos, relación de dependencia en empresas locales y del exterior, inversiones varias, entre otras opciones.
Lo que está en crisis es la vocación, porque ya no sabemos qué es lo que queremos.
Son muchas las personas que, teniendo una carrera profesional consolidada o un trabajo que les brinda todo lo que aparentemente necesitan, se sienten vacías.
¿pero qué te falta? ¿pero ahora vas a cambiar? ¿y qué vas a hacer? ¡pero si es un trabajo seguro! ¡si te va bien! ¡ganas mejor que la mayoría!
Lo paradójico de esto, es que el mismo contexto que nos enrostra constantemente nuevas opciones, parece resistirse al cambio con tanta vehemencia como nos exige que cambiemos.
La vida laboral y profesional es cada vez es más extensa, empezamos muy jóvenes y seguimos hasta casi el final de nuestros días, o hasta que el cuerpo nos lo permite. Y si bien muchas veces esto está vinculado a factores económicos, también tiene que ver con el lugar que el trabajo ocupa en nuestras vidas. Es que si lo que hacemos es lo que nos da identidad, es un problema sentir que podemos perder eso.
Pero ¿quiénes somos más allá de lo que hacemos? solemos preguntarles a los niños y niñas que quieren ser cuando sena grandes, y no que quieren hacer. Como si hacer una cosa definiera de manera determinante algo del orden del ser.
En un mundo que propone el cambio constante como sinónimo de crecimiento, se termina diluyendo esa identificación en relación a lo que elegimos hacer porque debemos cambiar constantemente o tener tres trabajos y diez proyectos al mismo tiempo.
Ya que en medio de esta vorágine de propuestas y opciones parece que quedarse un tiempo prolongado en un lugar es sinónimo de estancamiento. Y todo lo que no estamos eligiendo hacer pasa adelante de nuestras narices como oportunidades que perdemos.
Pero en el afán de querer probar todo, terminamos por perder de vista lo que queremos o nos gusta. Es como ir a probarse perfumes, de repente en un momento ya no podemos identificar el aroma de cada uno, porque todo está mezclado.
La crisis vocacional es entonces un fenómeno muy ligado a esta época vertiginosa, en donde el discurso propone que deberíamos tener súper claro el horizonte, pero se nos interpone la posibilidad de elegir entre cientos de caminos diferentes para llegar.
A esto se suman mandatos que son contradictorios: deberíamos darlo todo por ese proyecto que queremos porque de eso depende nuestro éxito, pero también deberíamos lograr trabajar menos y ganar más. El éxito es generar dinero casi sin hacer nada, pero también deberíamos hacer algo que nos llene y nos de sentido. Tenemos que vivir el presente, trabajar para viajar y adquirir cosas que nos den calidad de vida, pero también deberíamos planificar el futuro ya mismo.
Es en esas ambivalencias, entre todo aquello que deberíamos, que la crisis vocacional se instala, ¿estoy haciendo lo que me gusta? ¿debería cambiar? ¿tendría que hacer más? ¿y si me pierdo de esa experiencia? ¿y si dejo todo y me voy?
Ante estos interrogantes las respuestas son variadas y disimiles, no hay una respuesta unívoca, ni un camino a la verdad, ni una receta al éxito -aunque a veces nos las ofrecen de muchas maneras-.
Creo fehacientemente -seguramente por mi formación- que la capacidad de hacernos preguntas es más importante que encontrar las respuestas, porque estas últimas suelen ser una construcción en relación a las preguntas que nos podemos formular.
Es por eso que, si llegaste hasta acá en busca de una respuesta lamento desilusionarte pero este blog tiene como objetivo que nos quedemos pensando y reflexionando y no ofrecerte una receta mágica.
Por eso te dejo algunos interrogantes que ojalá sirvan como disparadores para que te des un rato para pensarte en relación a aquello que da sentido a tu vida:
¿Qué lugar ocupa el trabajo en mi vida?
¿Qué cosas le dan sentido a mi vida cotidiana?
Si me tengo definir por las cosas que hago y disfruto, ¿cuáles serían?
¿Cómo me imagino mi futuro?
¿Qué es el éxito para mi?
¿Necesito que algo cambie en mi vida?
¿Qué cosas se pueden quedar como están?
¿Por qué y para qué trabajo?
Estas preguntas simples, pueden darte mucha información para que a la hora de tomar decisiones, esas decisiones sean coherentes con vos, que te hagan sentido. Porque al fin y al cabo, no creo que se trate de saber si no de sentir. Y en diferentes momentos de la vida podemos necesitar o desear cosas distintas, pero lo que cuenta es tener la capacidad de escuchar lo que nos está pasando para que las decisiones que tomemos sean en función de nuestro deseo y no de un mandato.
En una época que silencia lo emocional con la urgencia de lo racional, darse el permiso para sentir es casi revolucionario.
Ana.